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Pedagogía para la paz

De algo sobre lo cual poco se habla es del requerimiento que los acuerdos les hacen a las comunidades para que se organicen a fin de que puedan garantizar su inclusión, transparencia y efectividad en todo el proceso de su desarrollo.

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Rodrigo López Oviedo

Un error frecuente entre quienes ven la paz tras la finalización exitosa de las conversaciones de La Habana es el de revolver en el mismo saco esa esperanzadora visión con la incertidumbre de si se cumplirán los acuerdos o nacerá de ellos una nueva frustración.

Tales personas podrían argumentar que tanto de las esperanzas como de las incertidumbres hay que hacer conciencia, y en ello tienen razón. El problema está en convertir los argumentos de la duda en los predominantes, fundamentando tal actitud en el carácter engañoso del establecimiento, pero muy especialmente en la mendacidad con que ha procedido el presidente Santos en varias ocasiones. Con semejante explicación, todo lo que se haga en La Habana será perdido.

Por fortuna, es una explicación que admite varias réplicas. En primer lugar, y como primera responsabilidad, los amigos de la paz deberían tratar de enamorar a la ciudadanía con el cúmulo de compromisos que se le ha logrado arrancar al Gobierno en La Habana, dando por sentado que con su implementación podrían remediarse muchos problemas, especialmente de los campesinos.

Pero también deberían hacer conciencia de que esos compromisos se firmarán ante garantes de la comunidad internacional, además de que se les dará tratamiento de “acuerdo especial”, lo cual implica un blindaje ante cualquier intento de posterior desconocimiento, pues entrarán a engrosar el actual bloque de constitucionalidad.

De algo sobre lo cual poco se habla es del requerimiento que los acuerdos les hacen a las comunidades para que se organicen a fin de que puedan garantizar su inclusión, transparencia y efectividad en todo el proceso de su desarrollo. Y es precisamente en aspectos de organización de las comunidades en los que deberían estar comprometidos los amigos de la paz, en lugar de sumirlas en la inamovilidad que genera la incertidumbre.

Con las comunidades campesinas pareciera más fácil el cumplimiento de esta tarea. Como lo han demostrado en diferentes paros y movilizaciones, tienen una gran capacidad para organizarse y disposición para movilizarse, además de claridad sobre los beneficios que buscan conquistar. Claro, no han de faltar algunas a las que se les haya insuflado ese morbo apaciguador que es la incredulidad, o que estén en ceros en cuanto al conocimiento de los acuerdos.

Estas son las comunidades hacia las cuales los amigos de la paz deben priorizar sus esfuerzos organizativos y de concienciación. Todo lo que se oriente a difundir en ellas los acuerdos y a procurar la conformación de organizaciones capaces de exigir su adecuada implementación servirá para inmunizarlas contra el incumplimiento. No de otra forma se podrá dar inicio a “la construcción de una paz estable y duradera”.

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