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Paz con hegemonía popular

Establecer las recomposiciones teóricas y prácticas es fundamental para la construcción de la hegemonía, que sea capaz de propiciar una transformación acorde con las aspiraciones democráticas de los trabajadores.

Construcción de la hegemonía.

Construcción de la hegemonía.

Horacio Duque

El gobierno de Santos pretende utilizar la paz para reconstruir la hegemonía neoliberal. El reto de la izquierda consiste en construir la hegemonía popular teniendo como plataforma los avances parciales de la paz.

Aquí planteamos una definición de la hegemonía en términos de Gramsci y del papel del discurso de la paz, en la conformación de esta. Dicho discurso debe recoger la alianza campesina y popular, y los derechos de las víctimas de la violencia como elemento central.

El inicio de un nuevo ciclo político a raíz de las conversaciones de paz, plantea una serie de cuestiones que demandan una innovadora reflexión desde el campo del pensamiento crítico y de las nuevas subjetividades políticas.

Se trata de analizar si la temática de la hegemonía ofrece elementos que permitan reunificar, en el campo teóricamente renovado de una teoría de la transición a la paz, agregados que en la sociedad se entrecruzan, pero que alimentan proyectos de sociedad contradictorios o alternativos.

Establecer las recomposiciones teóricas y prácticas es fundamental para la construcción de la hegemonía, que sea capaz de propiciar una transformación acorde con las aspiraciones democráticas de los trabajadores.

Lo que sugerimos es el diseño de un armazón teórico que permita una comprensión de las características de los procesos de hegemonía política en la sociedad posterior a la guerra.

Partimos de una premisa teórica, la de que la hegemonía se construye en y mediante el discurso político de consenso y no violento, que determina a su vez una decisión metodológica, la de emprender el análisis cualitativo de las prácticas de construcción de significado político, o discursos políticos, por los diversos actores involucrados en la lucha por el poder.

El término hegemonía es sometido, con cada vez mayor frecuencia, a un uso popular irreflexivo –a veces incluso en el ámbito de las ciencias sociales-, que lo despoja de su riqueza como instrumento de análisis político.

La hegemonía sólo puede ser comprendida adecuadamente mediante su ubicación en el denso sistema teórico gramsciano.

Planteamos la comprensión de la hegemonía como una forma particular de poder político que obtiene la adhesión activa o el consentimiento pasivo de los grupos sociales gobernados, unificando voluntades dispersas en un sentido unitario.

Se trata de la piedra angular de un enfoque para el análisis del poder político, que lo pone en relación con la lucha ideológica y cultural, en que el discurso se entiende como la práctica de atribución de significado político a objetos sociales que carecían de él o que tradicionalmente recibían un significado diferente.

La premisa de la “constructividad” del discurso constituye un pilar fundamental y punto de partida para la perspectiva teórica adoptada. Lo que buscamos es conformar una perspectiva teórica propia para el estudio de la construcción de hegemonía aplicado a procesos políticos concretos en Colombia.

La “caja de herramientas” teórica planteada alrededor de la hegemonía, es particularmente pertinente para el estudio del proceso político colombiano; pero su aplicación sólo puede ser efectiva si se basa en una atención privilegiada a las particularidades del país y su historia política.

Sugerimos una propuesta de interpretación de los acontecimientos políticos asociados con las conversaciones de paz presentes dentro de una mirada larga sobre la naturaleza del Estado y la hegemonía. Por esta razón se prefiere el término “proceso político de paz” para resaltar la centralidad de una correlación dinámica de fuerzas políticas en conflicto, por encima de otros posibles que hiciesen énfasis exclusivamente en la dimensión jurídico-constitucional de los cambios, en la dimensión electoral o en la institucional “reforma del Estado”.

El “proceso político de paz”, tal y como es entendido en este trabajo, es la lenta institucionalización de una nueva correlación de fuerzas en el país, conformada en las movilizaciones populares contra las políticas neoliberales y de la seguridad democrática en los primeros años del siglo XXI.

En un sentido más amplio, es el proceso de construcción hegemónica que implica una refundación nacional para incluir identidades políticas de los grupos subalternos históricamente ausentes de los relatos nacionales –o sólo parcialmente integrados-, y la consecuente aspiración de reforma estatal.

Son los socialdemócratas rusos, quienes a comienzos del siglo XX emplean por primera vez el término –“gegemoniya”- para nombrar la política de alianzas y liderazgo que debía desarrollar el proletariado industrial a fin de hacerse con el poder y conducir las transformaciones económicas y políticas que liquidaran el antiguo régimen zarista, sin esperar a que las realizase una burguesía nacional extremadamente débil y políticamente dubitativa.

Lenin toma el término de Plejánov y Axelrod, y en su libro “Dos tácticas de la Socialdemocracia”, lo desarrolla políticamente en una situación revolucionaria, como guía para la conquista del Estado por parte de la clase obrera.

Así, la hegemonía en la socialdemocracia rusa nace para dar cuenta de una anomalía: contrariamente a la secuencia esperable: el proletariado se ve en la coyuntura de realizar las tareas históricas de otra clase, de decidir si toma el poder y las lleva a cabo en una alianza mayor que le exige integrar diferentes demandas -de campesinos, militares, pequeños propietarios, etc.- y liderarlas políticamente. La hegemonía, aún en el sentido otorgado por Lenin, nace ya asociada a contingencia, flexibilidad y capacidad de articulación de elementos diferentes.

En este artículo, el término se emplea en un sentido muy restringido: el análisis de las prácticas de significación, articulación y nominación capaces de generar una forma de poder caracterizada por el consenso de los elementos subordinados a una determinada dirección que consigue presentarse como beneficio de toda la comunidad política.

Para Gramsci, la hegemonía, sin embargo, es una operación fundamentalmente cultural que va más allá de la unificación de fuerzas decretada por dirigentes políticos.

Para él, el terreno esencial de la lucha contra la clase dirigente se sitúa en la sociedad civil: el grupo que controla la sociedad civil es el grupo hegemónico y la conquista de la sociedad política remata esta hegemonía extendiéndola al conjunto del Estado.

La hegemonía es entonces para Gramsci liderazgo político, intelectual y moral que articula una voluntad colectiva orientándola en un sentido nacional-popular. La centralidad de la dirección intelectual y la “persuasión” son esenciales en el concepto gramsciano de “hegemonía”.

Se trata de una tarea compleja de articulación de fuerzas en un proyecto histórico nuevo, construida no por meras órdenes sino por una capacidad intelectual propositiva, de seducción y síntesis, que crea una nueva identidad colectiva.

Para Gramsci la hegemonía es la forma normal de la política en las sociedades democráticas de masas caracterizadas por sociedades civiles desarrolladas y complejas, y por una legitimidad mayor del statu quo, por la promesa de ascenso social individual y de incorporación de las demandas de los gobernados en los planes de los gobernantes.

En esos términos, Gramsci arroja el concepto de hegemonía al centro de la arena política en Occidente, destacándola como el núcleo central de la política moderna, en cuanto dirección de fuerzas variadas hacia un horizonte defendido como de “interés general”. La hegemonía, así definida, es el resultado y el objetivo de un trabajo político continuado, complejo y sostenido, en el que la cultura, la ideología y los símbolos juegan un papel central.

La hegemonía, en su lugar, sucede en la “sociedad civil”, y contempla la dirección intelectual y cultural que produce un “sentido común” que naturaliza entre los gobernados el orden social existente, consiguiendo su implicación activa o, al menos, su aceptación pasiva. En víspera de la movilización política de la guerrilla este debate es sustantivo.

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