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Josefina la cantora: Un cuento para la unidad

La unidad de la izquierda es el vehículo de la autoafirmación colectiva, que no se construye en función ni alrededor de nadie

Josefina la cantora.

Josefina la cantora.

Víctor Valdivieso

“Reconforta pensar que se afirma esa ninguna voz, esa ninguna destreza” Kafka

Sobre la unidad de la izquierda se escribe y se habla mucho. Que hay que deponer el sectarismo, que hay que construir un proyecto común, que sin hegemonismo, etc. Todo esto es una obviedad. Sin embargo, si estas son las fórmulas mágicas para la unidad, ¿por qué seguimos desunidos? Una hipótesis bastante conocida, que explica esta calamidad, sostiene que en el “seno” de la izquierda hay diferencias ideológicas. Y esto puede ser verdad, máxime, si a todo discurso contestatario, hoy en día, se le llama izquierda.

¿Qué es ser de izquierda?

Pero, ¿qué es ser de izquierda? Por izquierda se entiende aquel sector político que lucha contra cualquier tipo de explotación, sin importar si esta es extranjera o nacional. Por eso, los que se arrogan el privilegio de ser la pura Izquierda Democrática son tan de izquierda como el puro Centro Democrático. Para este caso, es mejor entender que son harina de otro costal, para no crear falsas ilusiones sobre la unidad. En cambio, la verdadera izquierda, para decirlo con Norberto Bobbio, tiene como horizonte político la igualdad. En ese sentido, aunque hay distintas lecturas -en las izquierdas- de cómo ejecutar esa idea, no obstante todas apuntan a lo mismo.

Por lo tanto, en lo que atañe a lo que llaman la verdadera izquierda, la hipótesis de las diferencias ideológicas, al menos antagónicas, carece de sentido. Es más, esas diferencias parecen ser una excusa para ocultar la soberbia y el ego de algunos dirigentes. Si nos ponemos a pensar, cualquiera diría que esa aguda claridad ideológica, que permite evidenciar estas diferencias, serviría para posponer lo que divide. Una dosis de sentido común, acompañado de esa prolija claridad, aprobaría la unidad contra los enemigos del pueblo sin tanto eufemismo. Por eso es válido decir que el motivo de la desunión radica en el ego de algunos dirigentes de la verdadera izquierda que prefieren sacrificar los proyectos comunes antes que sus privilegios de “jefes”.

Si esto es así, ¿cómo hacemos para que los caudillos le apuesten a la unidad? Una hipótesis sería construir una verdadera cultura comunista. Es decir, si en el neoliberalismo prevalece el individualismo y la competencia, en una cultura comunista prevalece lo colectivo. Un proyecto colectivo no tendría jerarquías ni jefes, sino roles que se asumen en distintas escenas de la emancipación. Ese proyecto unitario debería ser como el del pueblo de los ratones y nuestros dirigentes deberían ser como Josefina la cantora.

Josefina la cantora

Josefina la cantora o el pueblo de los ratones es un cuento que, según Frederic Jameson, se puede interpretar como la utopía socio-política del maestro Franz Kafka. El mismo escritor de La Metamorfosis, en 1924, sugirió unas claves, como lo afirma Zizek, para la construcción de una verdadera cultura comunista.

Este cuento, que ha sido objeto de análisis por varios pensadores, establece una muy bella relación entre la estética y la política. En él, se narra la historia de una ratona cantora, quien canta ante una comunidad de ratones, quienes a pesar de seguirla como si fuera una diva, no obstante, son indiferentes al canto. Como agravante, y para el infortunio de Josefina, el pueblo de los ratones es una comunidad que no apetece ni le encuentra sentido a la música. Y sin embargo, como si fuese mentira, los ratones la siguen. La destreza de Josefina parecía ninguna. Kakfa pone la pregunta en voz del narrador del cuento, “¿Y es arte, en verdad, o siquiera canto? ¿No es, tal vez, chillido?”.

En efecto, Kafka sugiere un escepticismo ante el canto de Josefina. Además, ni al pueblo de los ratones le gustaba la música, ni Josefina cantaba, sólo chillaba, tal como cualquier ratón. ¿Qué es lo que esto quiere decir? Para Zizek, el recital de Josefina era una excusa para reunir al pueblo de los ratones. Quienes iban a ver a Josefina, realmente iban a encontrase en comunidad. En otras palabras, Josefina era un pretexto para construir un vínculo común.

Como se ve, hay un juego ficcional en este cuento que bien podría trasladarse al ejercicio político. ¿No podría pasar esto con los grandes caudillos? Ellos pensarán, como Josefina, que son sublimes, omnipotentes, imprescindibles. Sin embargo, todos tienen claro que el liderazgo que se afirma es un mero rol, que podría asumirlo cualquier anónimo. Estos caudillos serían una excusa para reencontrarnos en función de una causa, por ejemplo: la lucha por la igualdad.

Si los egos nos alejan, con esta idea se puede apostar a la construcción de la unidad, pues ningún líder, cuadro o proceso estaría por encima del proyecto común. No es un quién, es un qué, una causa lo que nos convoca.

Ahora bien, si los pragmáticos y los escépticos pirrónicos desdeñan de esta proposición, porque esto no trae votos y además porque parece ser una ficción literaria, se les podría argüir que han existido innumerables casos donde el ejemplo de Josefina se materializa en la práctica.

Por poner un solo ejemplo, cuando ocurrió el acontecimiento de la sentencia del Procurador contra Gustavo Petro, hubo una gran movilización ciudadana. Aunque pareciera que la Plaza de Bolívar se atiborró por “petristas”, y a pesar de que varios “progresistas” y funcionarios de la Alcaldía estuvieron ahí, no obstante el apoyo mayoritario fue de una comunidad anónima, que no iba ni siquiera a defender a Petro, sino a rechazar las medidas antidemocráticas del Procurador. No era Petro, ni su discurso en la plaza –o chillido como el de Josefina- lo que convocaba a las multitudes, era el qué de la situación política lo que movilizó a la ciudadanía. Como en el cuento de Kafka, el punto convergente no era lo que en apariencia convocaba. Lo que convocó fue una causa que recogió distintas realidades. Petro fue, para decirlo con Zizek, “el vehículo de la autoafirmación colectiva”.

Con esta idea, la unidad de la izquierda es el vehículo de la autoafirmación colectiva, que no se construye en función ni alrededor de nadie. Es una unidad compuesta por una comunidad con una cultura comunista similar a la del pueblo de los ratones que describió Kafka. Aquella donde los protagonistas son Josefinas, o sea, líderes comunes y corrientes, sin poderes de super-cuadros. Así no habría necesidad de continuar con el mantra del sectarismo, hegemonismo y todos sus ismos.

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